lunes, 7 de febrero de 2011

Detengamos el desarrollo de la escena en nuestra mente, escena en la hermosa sala del trono donde se sienta el Padre y donde los invita a entrar y a participar en la gran aventura. No importa lo indignos que seamos, Él nos mira, sonríe y nos exhorta a acudir y a ayudar en el logro de su gran plan para este mundo. Nosotros solo podemos mirar hacia nuestros pies. Solo podemos alejarnos incómodos y sentir un gran arrepentimiento.

¿Puedes identificarte en esta escena?

La vida que muchos de nosotros llevamos cada día. Todos sentimos el vacío en nuestro corazón y la invitación a caminar profundamente con Dios, a entrar confiadamente en su presencia. Queremos adorar en espíritu y en verdad, como Jesús lo dijo. Queremos ese gozo y ese júbilo. Queremos identificarnos con el señorío de Cristo sobre este mundo, con todos sus problemas y sus tinieblas.
Entonces ¿qué nos impide saltar al frente y correr a sus brazos?
¿Qué nos retiene para no adorarle ni alabarle en medio de la vida?
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